El dedo apunta a tu avaricia...



Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa. 
-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios. 
-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro. 

Sí, el hombre es codicioso... y sí, egoísta, y también podríamos añadirle su sobrepasada tendencia a ser mísero e interesado, pero acaso no le da esto un toque romántico y querible que nos hace abogar por salvarlos a todos ellos de las acciones o fenómenos naturales, que gracias a la bendición del fastuoso dios panteísta que nos "protege", se encargan de arrasar y extinguir...o no.

¿Quién dijo cierto?



Desde el momento en el que algo es tomado como verdad comienza a dudarse de ello. La naturaleza humana tiene asentada en su base esta relación que lo priva de vivir de una forma despreocupada para, desde que escucha la veracidad de algo que es indudable, tomar cartas en el asunto. Parece difícil hacerse el cuerpo a esto viendo en lo que está basada la sociedad en sí. Nos parece gustar lo fácil, lo que no implica dificultades ni calentamientos de cabeza innecesarios. Pero de repente, sin previo aviso, como una bocanada de aire fresco, aparece la necesidad de encontrar algo que destroce la inmutabilidad de la que está repletamente atiborrada la verdad. Podríamos dar por cierto que la vida es finita y con ello encontrar manifestantes frente a nuestra casa con pancartas dando por dudable ese hecho. ¡No puede ser finita!¡Demuéstralo! En ese momento podríamos cargar nuestra Browning HP-35 de 9 milímetros y dispararles en la sien, que ya vendría uno de los supervivientes diciendo que su vida no acaba allí, que el señor les aportará una vida feliz más allá de la muerte terrenal, y con esto desmantelar toda teoría atea que se precie y se quiera dar como excusa. Con ello no busco ser sádico, sino demostrar la tendencia del hombre por discutir solo cuando las cosas son dadas como ciertas y no cuando aún no lo son, para buscar una razón que determine con anterioridad cuál es su naturaleza. Aún así esto no es negativo del todo. Gracias a ello, se desterraron teorías que afirmaban la planicie de La Tierra, que hacían a nuestro orbe el centro del universo y otras muchas relacionadas con el mundo de la ciencia y la religión. Se agradece esa tendencia, pero sin caer en la hipocresía.

Somos como queremos vernos ser.



Somos seres, y no por eso humanos. A veces llegamos a ser humanos, pero con ello dejamos de lado nuestra condición de seres. Nos deberíamos llamar a nosotros mismos por lo que somos, animales. Pero esto no se puede aceptar con nuestra larga tradición racional. Nunca fuimos monos, o eso se dijo. Aunque fuimos monos, o eso se dice. Pero esto no nos pone al nivel de cada bicharraco agresivo con tendencias de dominio, de reproducción… y tantas cosas que nunca serían propias en el “ser humano” por el mero hecho de que un hombre que se precie, un varonil macho ibérico, tiene un concepto mucho más trabajado de la existencia y jamás tendría esas ansias rigiendo su comportamiento. O tal vez me equivoque. Esto de ser parcial hacia algo con lo que se está en desacuerdo es duro. Pero lo intento, vaya a ser que por llamarnos animales me nieguen entrar en el paraíso. Siempre haré como Vicente, ir allá donde va la gente. Que para eso nos atribuimos eso de seres sociales con el fin de no vagar en soledad por esta fatigosa vida (algo bueno tiene que haber en ser social). Así que me temo que tendré que rectificar. El ser humano es ser y humano, es humano, persona y tan racional como mundano. Nació privilegiado y con el don de amar, nació tal cual es hoy y tal cuál Dios todopoderoso lo creó. No busca dominar, busca guiar. No quiere reproducirse, quiere formar una familia feliz y colmada por los principios del amor al prójimo. No desea muchos bienes, desea hacer más cómoda su vida. Y claro está que de vez en cuando le traicione la lujuria, pero es que todo Dios tiene su antagonista malvado que los coacciona. Dejemos de buscar tres pies al gato, que ya se la verá él mismo en cualquier aseo matutino.  Eso sí, acá escribe el más mono de la selva.